Leyendas de La Pampa: El Silbo

12047540_10153583573693815_1252019857_n

La leyenda de El Silbo se sitúa en los montes del norte del actual Trenel, provincia de La Pampa, donde habitaban tribus ranquelinas. Su tema (un silbido fuerte y misterioso, cuyo origen no se puede precisar) empalma con testimonios de origen cristiano de la época de la Guerra del Desierto.

El Silbo, leyenda ranquel

Esa noche recayó la conversación en El Silbo, mientras circulaba el mate en el rancho de Curruqueo:

– Aparecía por el otro lado de Trenel – terció su mujer, Venancia Metileo.

-Es un lugar donde asustan- aclaró doña Ángela Mariqueo.

– Sí; porque había allí muchas osamentas de cristianos de indios, sin sepultar, pues – agregó doña Ángela, memoria viviente de los ranqueles. Pero El Silbo no apareció sino después de la pelea de un tal Maidana, gaucho bravo de Córdoba, “resertor”, decían, con el paisano Huyhuín: pelea que fue por cuestión de polleras.

– Eso es. El Silbo era el mismo Huyhuín, como lo apodaban, porque se lo pasaba silbando.

Nadie se animaba a pasar por ese lugar desde entonces, ni de día, porque hasta de día recelaban, aunque a estar a la verdad, El Silbo aparecía al oscurecer, detrás del caballo, o a la par de éste sin que se viera.

Huyhuín era un apuesto mozo, muy aficionado a las mujeres. El indio mejor “empilchao” conocido. No volvía de una maloqueada sin la cautiva buena moza sobre la cruz del potro y un sinfín de chucherías. Era además un cuchillero de los más valientes y diestros. Cumplía su destino como cualquier otro, y era feliz, a pesar de su huella sembrada de duelos singulares en el monte, mano a mano, a fierro limpio, o a bola.

Otros le decían el jilguero. Hasta su toldo se adornaba con música. Pero su mayor hazaña consistió en el rapto de una hermosa cristiana, en Río Cuarto, recién desposada, justamente cuando salía de la capilla, entonces un rancho de barro. Vestida de novia se la trajo a La Pampa, más muerta que viva, la pobre.

Era en el tiempo de los gallegos. Y la hazaña fue la más grande vista hasta entonces, por su arrojo y su éxito, además de la terrible humillación inferida al cristiano. Huyhuín se convirtió a partir de ahí, en una figura de leyenda. ¿Qué moza no soñaba con él, en los toldos de veinte leguas a la redonda?

Maidana, en realidad, había ganado las tolderías, haciéndosele perdiz a la justicia, como otros muchos criollos capaces, después de desgraciarse en alguna de a pie, en vez de entregar sus huesos en la cárcel. Entre los indios estaría más seguro porque para ellos el derecho de asilo es sagrado.

Maidana y Huyhuín se conocieron y se midieron. El cordobés cargaba una cuchilla de un palmo de ancho y la extraía con la zurda de la vaina. El Silbo siguió imperturbable sus días dichosos. Algunos trabajos en cuero, primores de artesanías, y algunos kilos de pluma de avestruz vendidos periódicamente a los mercachifles de frontera, permitíanle seguir holgadamente su tren de dandy del monte.

Una tarde de setiembre volvía Maidana de una cacería, cuando vio alejarse un jinete de su toldo, a galope lento. Era Huyhuín. Enderezándose sobre los estribos, Maidana lo pudo identificar sin lugar a duda.

Maidana salvó a galope tendido las diez cuadras que lo separaban del toldo y sin apearse preguntó, mascando su rabia:

– ¿Quién estuvo aquí? Su china no se inmutó. Tranquila, sin culpa, sonriente, contestó:

– El Silbo. Preguntó por vos y se fue enseguida, sin explicar.

Y Maidana salió a buscarlo.

Duro y largo fue el encuentro. Un primer tajo en el antebrazo del Silbo, lo puso en inferioridad de condiciones. Manaba abundante sangre. ¡Mal presagio! En seguida, tropezó con un insepulto esqueleto de persona en uno de los prodigiosos saltos atrás. El cordobés no era solamente bravo, sino peligrosísimo. Huyhuín perdía terreno. Pero no cedía.

– ¡Bueno! ¡Prepárate para visitar nidos ajenos!- abríale gritado Maidana en un instante de la lucha, seguro de su victoria mientras de una feroz cuchillada de “volcao” le volteaba la cabeza sobre la espalda, medio hacia la derecha, sin derribarlo aún. Un chorro humeante de sangre saltó en curva del cuello seccionado de Huyhuín. Pero éste siguió manteniéndose en pie, repartiendo puñaladas a ciegas, hasta que un último silbado le salió del pecho, con el último chisguete de sangre bravía.

 

– Y después, al tiempo, se vino a saber de la aparición del Silbo, cerca del monte.

– Dicen haberlo visto a Huyhuín con la cabeza caída hacia atrás y la sangre saliéndole en silbido, todo envuelto en luz…

 

 

 

ADAPTACIÓN de un texto del libro Pampas del Sud. Recopilación de textos que hacen a las las raíces autóctonas de la provincia de La Pampa.” Edición de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de La Pampa, 1997.