La Caída de las Mujeres

Leyenda Shelknam

En el comienzo de los tiempos en el extremo más austral de América del Sur, las tierras fértiles y amplias eran territorio de varias tribus que erraban al ritmo de las estaciones. Altas cumbres, vastas planicies, bosques con mil tonalidades verdes salpicaban el territorio. El cielo era un manto infinito y límpido. La comida abundaba, la muerte no existía y eran las mujeres quienes mandaban protegidas, según ellas, por los dioses.

Era tiempo del matriarcado. La edad de los hoowin —los míticos antepasados—, en la que las mujeres ostentaban el poder y dirimían los asuntos de la tribu. A ellas les correspondía la organización, la administración, la pesca y los rituales sagrados. Eran ellas quienes poseían los misterios de la brujería y la comunicación directa con las divinidades. A ellos les correspondía la caza, la tarea de proveer el alimento y las pieles necesarias para la supervivencia, cuidar a los pequeños, buscar agua, proteger el fuego y preparar la comida.

Kreeh, la Luna y Krren, el Sol, aún no habitaban los alto del cielo, sino que vivían en la tierra.

Cada ciclo la Kreeh, la luna, acompañada por las mujeres se retiraba a un espacio secreto para iniciar a las jovencitas en los misterios, en una ceremonia llamada Hain. Fue una de esas veces, un mal día, en que unos guerreros jóvenes decidieron espiar para descubrir qué hacían ellas. ¡Ay decepción! ¡Ay, desgracia!, cuando entre miedo, confusión y furia descubrieron que no eran los dioses quienes visitaban a las mujeres sino ellas mismas desfiguradas por coloridos disfraces y pinturas, enceguecidos de rabia llamaron a los otros hombres y todos juntos regresaron donde las mujeres estaban reunidas dispuestos a matarlas a todas, salvo a las niñas más pequeñas.

Muy pocas lograron escapar del ansia asesina de los hombres. Entre ellas Oklohl, una jovencita astuta que al verlos acercarse saltó una cascada y al instante se trasformó en un pequeño y rápido pato de cascada que sigue llamándose hasta hoy: oklohl. Otra mujer madura que escondiendo a sus hijas bajo su manto huyó a la playa y apenas alcanzar el mar se trasformaron también en patos de mar, mientras Kreeh la más poderosa y sabia de todas las mujeres huía ciega de odio ante tanta crueldad, intentando alcanzar el mar. Pero Krren, el Sol, al descubrirla corrió tras ella golpeándola con rabia y arrojándola a las brasas ardientes, a causa de lo cual su rosto impoluto quedo para siempre desfigurado por las cicatrices (manchas) que hasta hoy el conocemos. Kreeh, la luna logró escapar de los golpes de su esposo y saltando de la gran montaña Aklek-go-oiyin, logró ascender al cielo. El sol desde entonces la persigue sin poder alcanzarla jamás.

A causa de esta alteración del orden, muchos cambios sucedieron. Algunos hoowin se transformaron: unos en animales, otros en accidentes geográficos, muchos en estrellas y constelaciones ocupando así el cielo en el que andaban Kreeh y Krren, persiguiendo siempre el uno a la otra. Un perverso guerrero resultó castigado por su extrema crueldad, transformándose en KolKek, el Ibis, pájaro desagradable de cuello rojizo y pelado por el que parece estar siempre sangrando. Pero peor resultó en un principio la suerte de los hombres que pronto comprendieron el alcance de sus actos y se  vieron obligados a emigrar durante mucho tiempo.

Cuando las niñas pequeñas que se habían salvado crecieron, los hombres decidieron refundar la tribu y regresar a sus antiguas tierras, pero ahora ellos mandaban, se habían apropiado del sagrado ritual femenino, a ellos perteneció desde ese tiempo el Hain, manteniendo de ese modo sometidas a su poder a todas las mujeres.

Así fue y así me lo contaron el fin del matriarcado y el inicio del patriarcado, mucho antes que nacieran los humanos en las tierras del sur.

Adaptación: Ana Cuevas Unamuno

Imagen: pueblos originarios