Kamshout y cómo se desnudan los árboles – Leyenda sobre el otoño

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Leyenda de Tierra del Fuego

Como ya hemos señalado en otras oportunidades, las civilizaciones que vivieron antes que nosotros, antes que los fenómenos climáticos, el cambio de estación, entre otras cosas, fueran científicamente explicados, encontraban las justificaciones necesarias para cada suceso en el fondo de la imaginación colectiva, que vivía dentro de sí, de los árboles y flotaba en el aire, a veces también latía en la tierra.

Hay muchos fenómenos de la tierra que tienen una dimensión muy pequeñita, pasan desapercibidos para nuestros sentidos por más que pasen a cada rato del día. El otoño no es uno de ellos. El otoño es diferente y se deja ver y sentir.

Cuando los antiguos habitantes de esta tierra tomaron conciencia del cambio de estaciones, buscaron una explicación y cada cultura la encontró en el aire, en la tierra y en los seres que vivían con ellos. Los antiguos habitantes de Tierra del Fuego, los ona o selk’nam (en su lengua), contaban la historia de la llegada del otoño a esa parte el planeta por primera vez con el relato que sigue:

Kamshout y cómo se desnudan los árboles

Cuenta la leyenda que en tiempos remotos, en el extremo más austral del planeta, los bosques eran por demás frondosos y se mantenían de un intenso color verde a lo largo de todo el año. Aún con los fríos más crueles, cuando la luz del sol duraba sólo un par de horas, o cuando hacía calores insoportable durante más de 18 horas seguida bajo la luz del astro rey, los árboles y todas las plantas verdes mantenían su color intacto.

Por ese entonces, habitaba en la aldea un joven selk’nam llamado Kamshout. Era costumbre dentro de la tribu que los jóvenes de cierta edad emprendieran un viaje para cumplir con el ritual de iniciación que imponía la tradición de los klóketens. Y el momento de Kamshout había llegado, motivo por el cual emprendió su viaje para comenzar con una nueva etapa de su vida.

Pasado el tiempo, los aldeanos se percatan de que el joven selk’nam no había vuelto aún. La ausencia se siguió alargando y al no tener señales de ningún tipo por parte del iniciado se lo dio por muerto.

Un día, mientras el verdor de la copa de los árboles adornaba la base de los cerros como un collar el cuello de una princesa y mientras nadie lo esperaba, Kamshout apareció. No era el mismo de antes, venía agitado, algo envejecido y con la mirada perdida. Toda la tribu se reunió para recibirlo y escuchar las historias que contaba del maravilloso país del norte. Un país en el que ocurrían cosas que jamás había visto selk’nam alguno, hasta la llegada del joven.

La extraña tierra era extensísima y estaba poblada por infinidad de árboles que mutaban en una época específica del año. Durante el otoño el color del follaje viraba del verde intenso a un amarillo oscuro que cuando empezaba a transformarse en marrón hacía que las hojas se cayeran. Y caían las hojas marrones de los árboles hasta que éstos se quedaban completamente desnudos. Daba la sensación que estaban muertos, en otra época, en otra dimensión. Pasaban el invierno sin la protección de sus hojas, pero al empezar los días a alargarse con la llegada de la primavera pequeños brotes empezaban a crecer en las ramas muertas, que no estaban muertas sino dormidas, y los árboles comenzaban a vestirse nuevamente.

Cuando Kamshout terminó su relato, todos lo miraron como congelados y estallaron al unísono en una estrepitosa carcajada. Nadie le creía y se burlaban de él. Ofendido Kamshout escapó corriendo al bosque y no se lo volvió a ver. Desapareció el selk’nam de nuevo.

La vida en la aldea continuó con la misma armonía de siempre, eventualmente, recordaban la anécdota del joven iniciado que volvió loco diciendo que los árboles se desnudaban y se reían. Otros no se reían tanto y recordaban el suceso con pena, extrañaban a Kamshout y esperaban que estuviera bien.

Un día, cuando ya se notaba que los días iban acortándose, la sombra negra de un loro gigante que pasaba planeando recorrió la aldea. Los onas asustados primero reconocieron rápidamente de qué se trataba. Era Kamshout. Convertido en un loro gigante de plumaje verde y rojo, el joven selk’nam ahora se llamaba Kerrhprrh y volando de planta en planta, de árbol en árbol, fue coloreando las hojas. Aquellas hojas alcanzadas por sus plumas rojas se volvieron amarillas y luego marrones, entonces empezaron a caer. Los aldeanos temieron por la vida de los árboles e imploraron piedad a Kerrhprrh, quien emitió una fuerte carcajada y desapareció.

Cuando llegó la primavera y las ramas empezaron a largar los primeros brotes verdes, todo el mundo recuperó la felicidad y dieron por cierta la historia que les contara Kamshout cuando volvió de su largo viaje de iniciación. A partir de entonces los árboles se llenan de loros que se juntan para burlarse de los humanos que descreyeron de la historia de Kerrhprrh y se ríen de ellos para vengarlo.