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Esa mañana salí al balcón y noté algo extraño moviéndose dentro de la pared. En ese momento me superaron con puro terror, sobre todo cuando me di cuenta de lo que era

Esa mañana salí al balcón de manera completamente automática. Abrí la ventana, respiré hondo y dejé que el cuerpo despertara poco a poco. Era un gesto rutinario, casi mecánico. Nada hacía presagiar que en cuestión de segundos esa calma se rompería por completo.

De pronto, mi mirada se detuvo en la pared.

Algo estaba allí. Se movía.

No fue un movimiento claro ni inmediato. Era lento, extraño, como si tuviera vida propia. Sentí un nudo en el estómago. El primer pensamiento fue una sombra. El segundo, mucho más inquietante: una serpiente. El corazón me dio un vuelco, las palmas de las manos comenzaron a sudar y la respiración se volvió corta, irregular. Me quedé paralizada, mirando fijamente, con miedo incluso de parpadear.

El miedo a lo desconocido

Cuanto más observaba, más dudas surgían. No parecía una serpiente. Sus movimientos no eran suaves ni fluidos, sino espasmódicos, torpes, casi desesperados. La criatura parecía avanzar dentro de la pared, mientras una parte de su cuerpo —la cola— quedaba afuera, atrapada.

“Debe ser algo enorme con una cola delgada”, pensé, intentando darle forma a lo que veía.

Una oleada de ansiedad y asco se mezcló con el miedo. La sensación era profunda, casi primitiva. Como si hubiera sido testigo de algo que no debía ver, algo prohibido. Quería gritar y, al mismo tiempo, dar la vuelta, irme y fingir que nada había pasado.

El descubrimiento

Aun temblando, me acerqué un poco más. Fue entonces cuando lo noté con claridad: la criatura estaba atrapada en una grieta de la pared. No tenía salida. No podía avanzar ni retroceder.

Y en ese instante lo comprendí.

No era una serpiente. Era un eslizón. Un lagarto real. Vivo.

La revelación fue inmediata y extraña. El terror se desinfló de golpe, dejando espacio a otra emoción completamente distinta.

Del terror a la compasión

El eslizón se revolvía, arañando la pared con sus pequeñas patas, pero no lograba liberarse. Su cola se crispaba con cada intento fallido. Se veía agotado. Vulnerable. Asustado.

Y entonces, algo cambió dentro de mí.

Donde antes había miedo, apareció compasión. Ya no veía una amenaza, sino un animal atrapado, indefenso, luchando por sobrevivir. Esa imagen me golpeó más fuerte que el susto inicial.

Un pequeño acto de valentía

Reuniendo valor, me acerqué con cuidado y lo ayudé a salir. El corazón me latía con fuerza, pero mis manos actuaron con delicadeza. En cuanto quedó libre, el eslizón se quedó inmóvil por un segundo, como congelado por el miedo, y luego salió disparado, desapareciendo en un instante, como si nunca hubiera estado allí.

Todo ocurrió muy rápido.

Lo que quedó después

Más tarde supe que los eslizones son completamente inofensivos para las personas. No son venenosos ni agresivos. Solo muerden si se sienten extremadamente amenazados o si se los manipula con brusquedad. En realidad, suelen tener más miedo ellos que nosotros y su único instinto es huir.

Y lo más curioso fue lo que sentí después.

Tras todo ese horror inicial, me invadió una calma profunda. No solo había desaparecido el miedo, sino que quedó una sensación inesperada de alivio, incluso de satisfacción. Había ayudado a un ser vivo en apuros. Había hecho lo correcto.

A veces, el terror surge de lo que no entendemos. Y a veces, basta con mirar un poco más de cerca para descubrir que detrás del miedo solo hay una vida intentando escapar.

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