Hay textos bíblicos que se repiten en cada sermón. Otros, en cambio, parecen quedar en segundo plano, no porque estén ocultos, sino porque confrontan de manera directa tanto a líderes como a creyentes.
Durante mucho tiempo se ha hablado de un “versículo incómodo”, uno que no señala primero al pecador evidente ni al incrédulo declarado, sino a quienes creen estar firmes en su fe. Ese texto se encuentra en el Evangelio de Mateo 7:21–23:
“No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos… Entonces les declararé: ‘Nunca los conocí; apártense de mí, hacedores de maldad’.”
Estas palabras atribuidas a Jesús no cuestionan la apariencia religiosa, sino la coherencia entre lo que se dice y lo que se vive. No hablan de fama espiritual, de milagros, ni de reconocimiento público. Hablan de obediencia real.
Este pasaje no es “prohibido”. Está en la Biblia que millones leen cada día. Sin embargo, su fuerza radica en que nos obliga a mirar hacia adentro. No se trata de cuántas palabras pronunciamos en oración, sino de cuánto reflejan nuestras acciones la voluntad de Dios.
Fe superficial vs. transformación auténtica
El mensaje central del texto es claro: la fe no se mide por declaraciones, sino por fruto.
Jesús no menciona herejes externos ni ateos. Habla de personas que incluso profetizaron y realizaron obras “en su nombre”. Eso hace que el mensaje sea más profundo: la actividad religiosa no garantiza comunión real con Dios.
Esto nos lleva a una reflexión importante:
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¿Estoy viviendo lo que creo?
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¿Mi fe transforma mi carácter?
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¿Mi vida privada coincide con mi discurso público?
La Escritura insiste en que la fe auténtica produce cambios visibles: humildad, dominio propio, compasión, justicia y coherencia.
Sobre la pureza y los pecados secretos
A lo largo de la historia cristiana, la sexualidad ha sido un tema delicado. Existen posturas estrictas que vinculan ciertas prácticas privadas con graves consecuencias espirituales, y otras corrientes que las analizan desde una perspectiva psicológica o médica.
Es importante abordar este tema con equilibrio y responsabilidad.
La Biblia sí enfatiza la pureza, el dominio propio y el respeto por el cuerpo (1 Corintios 6:18–20). Sin embargo, también presenta a Dios como un Padre dispuesto a perdonar, restaurar y acompañar procesos de crecimiento.
La culpa excesiva, el miedo constante o la idea de opresión espiritual automática por cada caída pueden generar angustia innecesaria y afectar la salud mental. La transformación cristiana no se basa en terror, sino en arrepentimiento sincero y cambio progresivo.
El dominio propio es un fruto del Espíritu (Gálatas 5:22–23), y se desarrolla con disciplina, acompañamiento adecuado y una comprensión sana de la sexualidad.
La verdadera advertencia del Evangelio
El mensaje más fuerte de Mateo 7 no es sobre un pecado específico, sino sobre la incoherencia.
El peligro no es solo caer, sino justificar la hipocresía. No es la lucha lo que condena, sino la dureza del corazón.
La advertencia es clara:
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No basta con hablar de Dios.
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No basta con apariencia espiritual.
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No basta con actividad religiosa.
Lo esencial es hacer la voluntad del Padre.
Y esa voluntad incluye amar, perdonar, vivir con integridad y buscar santidad sin fanatismo destructivo.
Consejos y recomendaciones
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Examina tu fe con honestidad, no desde la culpa paralizante, sino desde el deseo de crecer.
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Busca coherencia, no perfección inmediata. El crecimiento espiritual es un proceso.
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Practica el dominio propio como disciplina gradual, no como guerra basada en miedo.
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Habla con un mentor espiritual o consejero si luchas con hábitos que te generan angustia. No enfrentes solo tus batallas.
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Alimenta tu vida interior con oración sincera, lectura bíblica reflexiva y actos concretos de servicio.
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Evita extremos: ni minimizar el pecado ni vivir bajo condenación constante.
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Recuerda que la gracia y la verdad caminan juntas. Dios confronta, pero también restaura.
El versículo que incomoda no está escondido: nos recuerda que la fe verdadera se demuestra con hechos. Más que señalar a otros, nos invita a revisar nuestro propio corazón. Y esa revisión, cuando se hace con humildad, puede convertirse en el comienzo de una transformación real.
