El rosquete santiagueño: la historia detrás del dulce que se sigue haciendo como hace generaciones

Entre los sabores que identifican a Santiago del Estero, pocos son tan reconocibles como el rosquete santiagueño: una masa horneada con forma de anillo, perfumada con anís, que se volvió parte de la identidad gastronómica de la provincia. A diferencia de otros dulces industrializados, el rosquete se sigue asociando casi siempre a la elaboración casera y familiar.
Su presencia es constante en ferias, fiestas patronales, procesiones religiosas y puestos callejeros de la provincia, donde suele venderse todavía tibio, recién salido del horno. En muchas familias santiagueñas la receta se transmite de generación en generación, con pequeñas variaciones que cada casa guarda como propias: la proporción exacta de anís, el punto justo de horneado, el glaseado.
El rosquete convive en la mesa santiagueña con otros dos símbolos de la cocina de la provincia: el mote, maíz pelado y hervido de fuerte raíz andina, y las empanadas santiagueñas, reconocibles por una masa más fina que la de otras provincias y un relleno condimentado con comino, un sello propio dentro de la enorme variedad de empanadas argentinas.
Son tres platos distintos, pero comparten algo: ninguno se explica solo por su receta. Cada uno arrastra generaciones de cocina casera, de mesas familiares y de una provincia que sigue defendiendo su identidad gastronómica frente a la uniformización de la comida rápida.

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