Hay madres que pasan los cincuenta o los sesenta años esperando que, con el tiempo, su hija vuelva a ser aquella niña cercana, cariñosa y necesitada de consejos. Sin embargo, en muchos casos ocurre lo contrario: la relación se enfría, las conversaciones se vuelven breves y el afecto parece diluirse.
Desde la psicología profunda de Carl Gustav Jung, este distanciamiento no necesariamente nace del odio ni de la ingratitud. Puede ser el resultado de procesos internos inconscientes que ambas partes no logran comprender a tiempo. Jung hablaba de mecanismos vinculados a la “sombra”, esa parte de la personalidad que contiene lo reprimido, lo no reconocido y los miedos más profundos.
A continuación, exploramos cinco acciones que, paso a paso, pueden transformar a una madre en una extraña dentro del mundo emocional de su hija adulta.
1. El silencio como muro invisible
El primer cambio no suele ser una pelea ni una ofensa directa. Es el silencio.
Los mensajes se vuelven más cortos. Las llamadas desaparecen. Las respuestas llegan tarde y sin calidez. La madre percibe que algo cambió, aunque no haya una discusión concreta que lo explique.
Para Jung, la sombra se manifiesta primero como ausencia. Cuando la hija deja de compartir su mundo interno, no siempre es por falta de amor, sino porque ante su madre se activan inseguridades propias. La hija puede sentir que frente a ella se revelan sus debilidades, y opta por cerrarse. La madre, en cambio, lo vive como abandono emocional.
2. La crítica que hiere más que cualquier silencio
Después del silencio, muchas veces aparece la crítica.
Puede ser sutil o directa:
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“Siempre exageras”.
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“No entiendes nada”.
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“Lo complicas todo”.
Para una madre, estas frases no son simples opiniones: tocan el sentido de su vida. Si dedicó años enteros a cuidar, acompañar y sostener, escuchar desvalorizaciones puede sentirse como una negación de toda su historia.
Desde la mirada junguiana, la hija no critica solo a la madre; critica el reflejo de sí misma que ve en ella. Puede temer parecerse a su madre, repetir sus errores o enfrentar la misma vulnerabilidad con el paso del tiempo. Entonces, la crítica se convierte en un mecanismo de defensa.
3. La competencia inconsciente
Entre los 30 y 40 años, muchas mujeres atraviesan crisis de identidad, presión social y comparaciones constantes. En ese momento, la madre puede dejar de ser vista como figura protectora y pasar a ser un punto de comparación.
Surge una ambivalencia: amor y rivalidad al mismo tiempo.
La hija puede insistir en frases como:
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“Yo puedo sola”.
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“No necesito consejos”.
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“Mi vida es distinta”.
En el fondo, no siempre está rechazando a la madre como persona, sino intentando separarse de un destino que teme repetir. Sin darse cuenta, transforma el vínculo en una comparación constante.
4. El despertar de la herida materna
Cuando las palabras de la hija se vuelven más duras, la madre empieza a cuestionarse:
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¿En qué fallé?
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¿Fui demasiado exigente?
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¿Di todo lo que pude?
Aquí aparece la propia sombra de la madre: el dolor acumulado, los sacrificios invisibles, los sueños postergados. La relación deja de ser un diálogo entre dos mujeres y se convierte en un intercambio entre dos heridas.
La hija responde desde su necesidad de independencia. La madre responde desde su sensación de injusticia. Ambas se defienden. Ninguna escucha.
5. La objetivación: cuando la madre se vuelve una función
Este es uno de los puntos más dolorosos.
La hija deja de preguntar “¿Cómo estás?” y empieza a decir “Necesito que hagas esto”. La madre se convierte en apoyo logístico, ayuda con los nietos, respaldo emocional… pero deja de ser vista como mujer con vida propia.
Cuando alguien está emocionalmente saturado, tiende a ver a los más cercanos como recursos estables. La madre, que parece incondicional, se vuelve el pilar silencioso que no necesita atención. Y poco a poco, se vuelve invisible.
El verdadero secreto: la identidad perdida
Jung sostenía que cuando una persona se entrega completamente a otro, corre el riesgo de perder su propia identidad.
Muchas madres construyen su vida únicamente alrededor del rol materno. Cuando la hija crece y necesita diferenciarse, ese amor total puede sentirse pesado. La hija huye no del amor, sino de la sensación de ser el único sentido de la vida de su madre.
El respeto no nace del sacrificio ilimitado, sino de los límites claros. Cuando la madre recupera su individualidad, sus intereses, sus amistades y su voz, deja de ser una función y vuelve a ser una mujer completa.
Y muchas veces, ese cambio transforma también la actitud de la hija.
Consejos y recomendaciones
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Recupera espacios propios: actividades, amistades y proyectos que no estén ligados a tu hija.
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Establece límites saludables: ayudar no significa estar siempre disponible.
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Evita responder desde la herida: antes de contestar, identifica qué emoción se activó en ti.
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No ligues tu valor al comportamiento de tu hija: tu dignidad no depende de su aprobación.
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Si el dolor es profundo, considera apoyo terapéutico para trabajar la sombra y las heridas acumuladas.
El distanciamiento entre madre e hija no siempre es una señal de fracaso, sino parte de procesos internos que necesitan conciencia y límites. La sanación comienza cuando la madre deja de esperar que la hija cambie y decide volver a sí misma. Allí, en la recuperación de su identidad, puede renacer un vínculo más sano y auténtico.
