9 errores de higiene después de los 65 que hacen que huelas peor sin darte cuenta

Te duchaste esta mañana, tu ropa está recién lavada y te pusiste tu colonia de siempre. Aun así, es posible que un olor te acompañe sin que tú lo notes. No significa que seas descuidado: es química, y tiene una explicación bastante concreta. El problema es que casi todos intentamos combatirlo en el lugar equivocado, con más desodorante, más colonia o más agua caliente.
Por qué tú no lo notas
El cerebro deja de percibir los olores que tiene siempre delante, igual que dejas de oír el zumbido del refrigerador a los pocos minutos de entrar en la cocina. Es lo que se llama adaptación olfativa, y con los años se suma una pérdida gradual del olfato. Tu nariz es el peor testigo de tu propio olor, así que conviene fiarse de otro sentido: la vista. Más abajo verás tres pruebas sencillas.
Además, con la edad la piel produce más grasas que se oxidan con el aire. Investigadores han identificado en el olor corporal de personas mayores un compuesto llamado 2-nonenal, que huele a cartón húmedo. No quiere decir que oler más sea inevitable: lo que importa es que no se acumule.
Las zonas que el jabón casi nunca visita
Error 1: enjabonar solo las axilas. El olor que viene de la grasa no se elimina con desodorante. La ruta de la grasa va desde la raíz del cabello, por la nuca y detrás de las orejas, hasta la parte alta de la espalda y el centro del pecho. Ahí necesitas jabón y unos segundos de contacto antes de aclarar. En el resto del cuerpo, que suele estar más seco, basta con agua tibia, porque enjabonar a diario las piernas y los antebrazos solo los reseca y los hace picar.
Error 2: dejar húmedos los pliegues y los pies. Entre los dedos de los pies, en las ingles, bajo el pecho y en los pliegues del abdomen o del cuello, la piel toca la piel y la humedad no tiene por dónde escapar. Seca esas zonas a toques con una toalla pequeña, sin frotar. Si un pliegue se ve rojo, brillante y con escozor, no es suciedad: puede ser un hongo y conviene consultarlo en la farmacia o con el médico. Lava o renueva con frecuencia las pantuflas, porque casi nunca pasan por la lavadora.
Error 3: lavarte menos por miedo a resbalar. El baño es uno de los lugares donde más caídas ocurren, y mucha gente reduce las duchas sin decírselo a nadie. La solución es que ducharse deje de exigir valentía: silla de ducha, ducha de mano, barras bien fijadas, todo al alcance antes de abrir el agua, y una bata de rizo para secarte sentado. Procura que el agua no salga demasiado caliente. Si la ducha diaria es demasiado, el lavado por zonas con dos manoplas, una con jabón y otra para aclarar, resuelve lo esencial en diez minutos.
Boca, pelo y ropa
Error 4: cepillarte los dientes y olvidarte de la lengua. El mal aliento suele nacer en la capa blanquecina del fondo de la lengua. Con la edad se suma la boca seca, un efecto de muchos medicamentos habituales. Un limpiador de lengua, sorbos de agua durante el día y, si usas prótesis dental, un cepillo específico con jabón neutro y dormir sin ella ayudan mucho. Si al pasar el hilo dental ves sangre, consulta al dentista.
Error 5: lavarte el pelo, pero no la cabeza. El champú que resbala limpia las puntas, pero la grasa está en la raíz. Un doble lavado, con una primera aplicación para arrastrar la grasa y una segunda, con menos producto, para limpiar la piel, marca la diferencia. Si notas escamas grasientas, picor o rojez detrás de las orejas o en las cejas, puede ser dermatitis seborreica, muy frecuente con los años, que no es falta de higiene y se controla con productos de farmacia.
Error 6: dar por limpia la ropa que lo parece. La grasa de la piel se queda en el tejido. Las prendas de poliéster retienen más olor que las de algodón o lana. Un programa corto en frío o un tambor demasiado lleno no disuelven bien la grasa de cuellos y axilas, y el exceso de suavizante deja una capa que la retiene. La lavadora también necesita cuidados: deja la puerta abierta después de cada uso y haz de vez en cuando un ciclo vacío con agua caliente.
Error 7: renovar la ropa y olvidarte de las telas donde descansas. Entre la cama y tu sillón favorito, la cabeza pasa casi la mitad del día apoyada sobre alguna tela. Cambia la funda de la almohada cada vez que te laves la cabeza a fondo, extiende las toallas para que sequen rápido y usa un paño lavable en el respaldo del sillón.
Lo que casi nadie dice en voz alta
Error 8: vivir las pérdidas de orina en silencio. Son más frecuentes de lo que parece, tanto en mujeres tras la menopausia como en hombres tras problemas de próstata. El olor aparece cuando las bacterias de la piel transforman la urea en amoníaco. Usa protectores pensados para pérdidas (no toallas de menstruación), cámbialos en cuanto estén húmedos, limpia con agua tibia y un limpiador suave sin perfume y evita las toallitas perfumadas. Tampoco bebas menos para evitar escapes, porque la orina concentrada huele más e irrita. Y sobre todo, habla con tu médico: tiene tratamiento, como los ejercicios del suelo pélvico.
Error 9: tapar un olor nuevo en vez de escucharlo. Perfume y ambientador no resuelven nada: es como subir el volumen de la radio del auto para no oír un ruido raro del motor. El olor del cuerpo puede cambiar cuando algo cambia por dentro. Un olor nuevo, que aparece de golpe, no encaja con nada que hayas modificado y persiste aunque hayas corregido lo anterior, merece la misma atención que un dolor nuevo. Una herida o un pie que huele mal y no cicatriza, una orina muy fuerte, turbia o con escozor, o un aliento afrutado con mucha sed, son motivos para consultar cuanto antes. No lo tapes: cuéntaselo a tu médico.
Una rutina sencilla y tres pruebas con los ojos
- Cada noche: ducha o lavado por zonas con jabón en la nuca, detrás de las orejas, pecho, espalda alta, axilas, ingles, pliegues y pies; secado a toques; limpieza de la lengua y de la dentadura.
- Cada semana: funda de almohada y sábanas limpias, toallas a la lavadora con agua caliente y sin suavizante, y peine y paño del sillón lavados.
- Cada mes: ciclo vacío de la lavadora, revisión de pantuflas y plantillas.
Para comprobar que funciona sin depender de la nariz: pasa un pañuelo de papel por la nuca y detrás de las orejas y mira a contraluz (una mancha translúcida es grasa); revisa el peine (una película grisácea es grasa acumulada); y mira el interior del cuello de las camisas (una línea amarillenta es grasa oxidada).
Y un último gesto que vale más que cualquier producto: elige a una persona de confianza y dale permiso, en voz alta, para avisarte si algún día nota un olor distinto en ti. Así tendrás lo que tu nariz ya no puede darte: un aviso a tiempo.
Este contenido es informativo y no reemplaza la consulta con un profesional de la salud. Si tienes diabetes, la piel muy fina o problemas de circulación, o si sospechas que un medicamento te seca la boca o cambia tu olor, consulta con tu médico antes de modificar tu rutina o tu tratamiento.
