El exorcismo de La Banda: la noche que conmocionó a Santiago del Estero en 1984

Febrero de 1984. En la iglesia Cristo Rey de La Banda se vivió una de las noches más recordadas —y más discutidas— de la historia reciente santiagueña. No es una leyenda de fogón ni un cuento que se deforma de boca en boca: hay un testigo periodísta, hay nombres, y hay una crónica que se escribió al calor de los hechos.
El sacerdote y la ceremonia
El protagonista del lado religioso fue Pedro Fils Pierre, un sacerdote carismático de origen haitiano que llegó a la ciudad con fama de realizar exorcismos. La comunidad católica local lo recibió con una mezcla de fe y curiosidad, y la ceremonia final —la que quedó grabada en la memoria colectiva— tuvo testigos directos, entre ellos el periodista Rodolfo Montenegro, que asistió acompañado de un fotógrafo.
Liliana, la joven en el centro de la historia
Liliana tenía 21 años y era, según la crónica de la época, quien atravesaba "violentas reacciones" y "extrañas apariciones" que la comunidad interpretó como posesión demoníaca. Durante el ritual final, Montenegro describió cómo la joven "se retorcía en fuertes espasmos" mientras el padre Fils Pierre rociaba agua bendita e insistía en rezar el Padre Nuestro, deteniéndose especialmente en la frase "líbranos del mal".
La voz que nadie pudo explicar
Lo que más impactó a los presentes fue lo que Montenegro describió como una "voz gutural, espeluznante" que salía de Liliana. El padre Fils Pierre afirmó estar comunicándose con Belcebú, y que la entidad respondía en arameo y en dialectos haitianos que nadie entre los presentes podía reconocer ni traducir.
El desenlace
Después de un ritual prolongado, Liliana dejó de convulsionar y logró terminar de rezar el Padre Nuestro completo. Su frase, apenas se recompuso, quedó grabada en quienes estuvieron ahí: "volví a nacer". Años después, ya con 58, prefirió no volver a hablar públicamente sobre lo que pasó esa noche en Cristo Rey.
Un hecho real, no una leyenda
Lo que distingue a esta historia de tantas otras es justamente eso: no nació en el monte ni se transmitió de generación en generación sin registro. Fue crónica periodística, con testigos identificados y una comunidad entera que todavía, más de cuatro décadas después, recuerda esa noche en La Banda.
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